El
día del dominio público es hoy, el 1 de enero, porque es hoy
cuando entran a formar parte del dominio público aquellos autores y
creadores de obras artísticas, científicas, políticas y literarias que
murieron 70 años atrás. Pero como
Spain is different, aquí de momento tenemos que esperar 80 años
postmorten. (Su explicación, aquí:
http://13festival.zemos98.org/Por-que-Walter-Benjamin-no-ha).
Las creaciones de estos autores pueden ser usadas ya por todas las personas que lo deseen y por lo tanto dejan de existir sus derechos de explotación.
Los amigos de
ZEMOS98 han querido hacer un claro homenaje y nos han invitado a sus bloggers a que escogiéramos a una personalidad que acabara de entrar en dominio público para hacer una remezcla, una obra derivada o lo que fuera y así reivindicar este asunto.
Mi aportación ha sido crear un relato partiendo del supuesto affair que hubo entre Frida Kahlo y León Trosky. Casualmente, aparte del político ruso, Guillermo Kahlo, fotógrafo y padre de la pintora mexicana, también forma ya parte de esta lista de autores en dominio público. Ahí va mi relato y
aquí los posts del resto de bloggers.
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El encuentro
«Con el viejo comunista, increíble». Diego Rivera no terminaba de
aceptarlo, pero fue en aquel despacho del diario El Popular donde vomitó
su orgullo. Al día siguiente aparecería en la página diecinueve.
Porfirio Velázquez, redactor jefe, fruncía el ceño. En la ventana,
Diego, mirando a lo lejos, en un punto intermedio, ni tan alto, ni tan
bajo. No lo entendía. Ni siquiera había pruebas, pero a Rivera le
bastaba saber que habían pasado demasiado tiempo juntos. No eran los
cuerpos, ni la cama, ni el sudor. A Diego le removía su enorme estómago
que una mirada entre León y Frida tuviera más peso que un puñado de
piedras en el bolsillo. El asilo político que León Trosky había
solicitado en México, empujado por el propio muralista mexicano, se
había convertido en un arma de doble filo. La política, Diego, también
es amor.
Hacía dos años de aquel primer encuentro en Tampico. Frida era una de
esas anfitrionas que parecía que contaba por primera vez lo que tanto
conocía. Le gustaba mostrar México, vivirlo, olerlo, sacudirlo, comerlo,
bailarlo, treparlo al son de su cojera, y sobre todo vestirse de él.
«Es herencia de mi padre. Siempre que venían mis tíos o algunos amigos
preparaba rutas con semanas de antelación, les compraba libros y esas
postales antiguas del siglo XIX de cómo estaba por entonces la ciudad».
León Trosky respiró hondo, Frida movió dos micras su mirada y la dejó en
un punto intermedio, ni tan alto, ni tan bajo. Sonrió. La nostalgia era
eso. Ni Matilde, ni Adriana, ni la pequeña Cristina. Era ella, la
tercera, la que amaba a su padre sobre todas las cosas. Pero sabía que
no estaba y que nunca más volvería a estar.
Frida y Guillermo
Guillemo
Kahlo no era en realidad mexicano, descendía de una familia judía
húngara. Se fue de Alemania, donde vivió hasta la adolescencia, y llegó a
Coyoacán para crearse a sí mismo como fotógrafo y como ciudadano
comprometido con el Comunismo. Entendía la fotografía como atrapar un
instante, como meter pequeñas vidas en cajitas de madera para que con el
paso del tiempo alguien las abriera y pudiera contar una historia, la
que fue o la que podría haber sido. Estaba obsesionado con el
autorretrato. Era una de esas personas que odiaba que la gente
disfrutara sin él, por eso tomaba instantáneas de su rostro, para
permanecer siempre presente, «para que nunca me eches de menos,
Friducha». La otra obsesión era su esposa Matilde. Ella murió en la
primavera de 1922, el corazón y la mente de Guillermo no pudieron
soportarlo y con una mirada desenfocada a punto de derramarse le dejó a
Frida una foto con una nota escrita al dorso:

- Frida Kahlo. Fotografía de Guillermo Kahlo dedicada: "Siempre serás mi pequeña Friducha"
Coyoacán, 26 de julio de 1922
Mi pequeña Friducha,
No
sé si aceptarás esto, pero no entiendo esta casa sin tu madre. Si sigo
más tiempo aquí voy a desaparecer, me haría invisible y no te lo mereces
ni tú ni tus hermanas. Eres una mujer fuerte, tengo la esperanza de que
en el fondo me comprendas. Eres la única persona que conozco con la
misma capacidad de amar que yo. Ten cerca mis retratos, por si ya no
vuelvo a veros, así podrás invitarme siempre a las fiestas.
Dejo mi cámara, límpiale el polvo de vez en cuando.
No sé adónde, pero tengo que irme.
Te quiero mucho, Friducha... Os adoro.
Junto al accidente que sufrió de pequeña en el tranvía, éste fue el golpe más duro de su vida.
Los
rumores dijeron durante años que Guillermo Kahlo, por aquel entonces
fotógrafo de prestigio, había sido visto en Rumanía, Besarabia, ¿quizás
Rusia? Nunca llegó ninguna carta. Nunca supieron si mandó alguna. Fin de
la historia. Ella, la tercera, la que amaba a su padre sobre todas las
cosas, quiso que todo terminara ahí. Cogió aquellos pequeños trozos de
vida de la cajita de madera, los rompió y decidió recordarlo así:

- Retrato de Don Guillermo Kahlo. Frida Kahlo.
León, Frida y un poco de Natalia
El
estalinismo expulsó del Partido Comunista, y más tarde de la URSS, a
León Trosky. Finalmente consiguió que el presidente Lázaro Cárdenas lo
acogiera hasta las últimas consecuencias en México. Y allí desembocó en
1937 con su gran compañera Natalia Sedova. Según Diego Rivera, eso no
fue un impedimento para que existiera esa supuesta relación entre la
pintora y el político. Pero sin embargo, Natalia, nunca tuvo celos de
Frida. «Deberíamos ir a México, León. Sabes que allí harás tu pequeña
gran revolución». Se lo dijo durante muchas veces en los últimos años.
León por fin le hizo caso.
Fueron muchos los días que los cuatro
camaradas pasaron juntos. Tener en casa a un héroe de la revolución es
algo que no mucha gente puede contar. Largas conversaciones hasta la
madrugada y demasiado tequila, tanto que, en una de ellas, Diego se
quedó durmiendo una buena mona y Natalia no resistió al tercer sorbo.
«Me voy a la cama. Aquí os dejo, señores». Besó a Frida en la frente y a
él le dijo al oído: «Recuerda cómo te llamas, sé valiente».
León y Frida. Y Guillermo también
- Una vez me comentaste que tu padre era fotógrafo.
- Sólo conservo su equipo de fotografía. Ya sabes, se fue porque no quería volverse invisible...
- ¿Cómo?
- Nada, déjalo. Ni siquiera quiero hablar de eso ahora. ¿Quieres ver su cámara?
Frida destapó aquellas máquinas, descorrió la sábana del vacío, tosió y se rascó la nariz.
- A lo mejor no hace falta que me lo expliques. Espero que, aun así, le hayas limpiado el polvo de vez en cuando.
Frida
sintió un pellizco detrás de cuello y un escalofrío empezó a viajar por
toda su espina dorsal. La boca entreabierta, retrocedió algunos pasos.
Se para. Lo mira. «Respóndeme, ¿quién soy yo?». Guillermo, sin saber
adónde miraba, quizás en un punto intermedio, ni tan alto, ni tan bajo,
susurra: «Mi Friducha».
No debería haber salido el sol aquel día.
Había demasiadas cosas de las que hablar y toda una vida que perdonar.
Tras la Revolución Rusa el nuevo destino de Guillermo o León fue la
recién instaurada Unión Soviética. Decidió cobijarse en la política,
quiso empezar desde cero. Nuevo país, nuevo trabajo, nueva identidad y
cada vez más poder. Ahora León o Guillermo temía por su vida, Grigori
Zinóviev, Lev Kámenev y Stalin habían hecho ver al régimen que era un
traidor. Lo único que le quedaba ya era huir.
Pasó los últimos
meses con su hija Frida, los dos guardaron el secreto. Ella vivió
adorándolo y tomó varios recuerdos para llenar aquella cajita de madera
que años atrás vació.

- Guillermo Kahlo, de vuelta en México, con su cámara fotográfica.
Diego
ni siquiera le preguntó a Frida qué había entre ella y «el viejo
comunista», tampoco habló con Natalia. Rompió la relación política con
"Trosky" y días más tarde El popular lanzó la noticia que Frida supo
lidiar desde la ironía y la justicia poética. Guillermo y Natalia
cambiaron de residencia y se mudaron cerca de la casa azul, en la Calle
de Viena. Su fin empezó a aparecer cuando atentaron contra él, a
principios de 1940. Resistió, pero el 20 de agosto de 1940 Guillermo
Kahlo, fotógrafo y político revolucionario del comunismo, fue asesinado.
Catorce
años después, en el funeral de Frida, Natalia Sedova mira a un punto
intermedio, ni tan alto, ni tan bajo y se acerca a Diego: «Hay una
historia que quiero contarte»
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*Nota: Las dos fotografías usadas en este relato son montajes. Éstas son las fotografías originales de Guillermo Kahlo.